Cumplir la palabra…garpa?

Qué sucede cuando no cumplimos nuestras promesas… (en base a la “Ontología del lenguaje” de R. Echeverría)

En primer lugar, me gustaría definir lo que es una promesa, y se entienda el concepto que hay detrás de esta palabra. Rafael Echeverría en su libro Ontología del lenguaje, define a las promesas como aquellos actos lingüísticos que me permiten coordinar acciones con otros. Cuando una persona hace una promesa, se compromete ante otro a ejecutar alguna acción en el futuro, y esto determina otras acciones que antes no hubiesen sido posibles. Por ejemplo, si yo le digo a mi empleado que le voy a pagar unas horas extras, esto determina que este empleado cuente con ese dinero extra para pagarse unas vacaciones. Una acción lleva a la coordinación de otras acciones.

Ahora bien, las promesas implican un compromiso manifiesto mutuo, siempre mínimo dos personas, aunque también puede ser a uno mismo; una acción a llevarse a cabo y un factor de tiempo. También implica un proceso de hacer la promesa y otro proceso de cumplirla. Estos dos procesos tienen diferentes momentos, es decir el proceso de cumplimiento empieza una vez que la promesa ha sido hecha, pero se completa sólo cuando se ha cumplido la misma, y según las condiciones que llamaremos de satisfacción.

Cuando estoy en el proceso de hacer una promesa, esta no se completa hasta no ser aceptada por el oyente. Es decir, que si yo le digo a una persona “el próximo mes viajo a verte” y la otra persona me dice, “aún no sería conveniente”, no hay ninguna promesa hecha todavía. En este ejemplo no hubo compromiso MUTUO. Lo mismo sucede con el segundo proceso, el del cumplimiento, cuando quién ha realizado la promesa cree que ha cumplido con las condiciones de satisfacción previamente estipuladas. Esto no basta para ser completada la promesa, debe haber una aceptación de estas condiciones y según lo acordado, por el oyente, hasta que él no declare su satisfacción, la promesa sigue pendiente de cumplirse.

Dentro de concretar promesas tenemos dos acciones que se encuentran involucradas, y son las peticiones y las ofertas. Ambas acciones difieren en la inquietud de quién se hará cargo del cumplimiento de la promesa.

Cuando el proceso de hacer una promesa se inicia con una petición, entendemos que la acción pedida, de ser aceptada, será ejecutada por el oyente para satisfacer una inquietud del orador. Sin embargo, cuando este mismo proceso se inicia con una oferta, entendemos que la acción ofrecida, de ser aceptada, compromete al orador y que ella se hace cargo de una eventual inquietud del oyente. En ambas acciones se presenta una declaración de aceptación para cerrar el movimiento.

Vamos ahora a la problemática que hay alrededor de las promesas. Muy frecuentemente sucede que quién realiza una promesa no es claro en realizar la petición o la oferta, y la otra persona tampoco indaga ni chequea para aclarar que se está pidiendo u ofreciendo. Mucho así ocurre con el juego de las suposiciones, tanto de quien pide como el que ofrece, resguardándose por ejemplo en querer que la otra persona descubra lo que le es importante o le interesa como por arte de magia. Se cae en el resentimiento de culpar al otro por no cumplir con lo que nunca se atrevió a pedir, y hasta se crea un tipo de identidad y una forma de vida correspondiente según esa manera de ser. Lo mismo sucede con los que tampoco saben ofrecerse y esperan a ser descubiertos por otros, no toman en sus manos la responsabilidad de hacerse valorar. Cierran posibilidades de nuevas experiencias.

Tanto orador como oyente deben poner énfasis en ese compromiso mutuo en que quede bien claro y concreta la acción, y todas las condiciones de satisfacción, y se chequee que ambos comprenden de la misma manera lo que se está pidiendo u ofreciendo.

Otra cosa que suele suceder frente a peticiones u ofertas es no saber decir que NO; el precio que paga nuestro propio ser, nuestra autoestima y dignidad es muy alto y se genera conversaciones internas muchas veces que llevan a enfermarnos y angustiarnos, sólo por no saber despersonalizar el evento y ser coherentes con nosotros mismos.

Por último, el factor tiempo también es importante para cumplir como condición ya que sin éste queda indeterminado, sin obligación de cumplimiento.

Como personas y en sociedad, frente a las promesas estamos dándonos a conocer quiénes somos, por ello es que, si no cumplimos, lo primero que se daña es la sinceridad de nuestra persona, salta la incoherencia inmediatamente, y hasta se pone por encima a la duda de competencia/incompetencia. Por el otro lado, está la otra persona quién despierta sentimientos negativos (angustia, decepción, resentimiento). En las organizaciones se pagan altos precios por las promesas incumplidas, pierden recursos altamente valorables. Se pierde principalmente la confianza y es un costo altísimo cuando ocurre. Prácticamente se deberá cambiar la cultura hasta este momento, para poder continuar.

La base de las buenas relaciones es cumplir la palabra, chequear y validar las interpretaciones que puedan aparecer, pero además quedando bien clara la acción que se esté conversando. Esto lleva a aumentar la calidad de esas relaciones y crea un ambiente de confianza. Lleva tiempo forjarlo y se pierde muy rápidamente. Y así es que esto se trata de responsabilidad de los compromisos asumidos sociales e implícitos en nuestros actos diarios.

¡Y las buenas relaciones llevan a buenos resultados!

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